Hay una palabra inútil, seca, acartonada, herida por la luz y el abandono. No es ni fósil, ni esqueleto, ni reliquia poderosa de otro tiempo. Es el mapa del olvido y la memoria, la ruta hecha ceniza de la lluvia, caracola de violín y amaneceres. Quedó sobre la mesa del salón después de que el azul del mes de abril por fin te concediera el infinito de esos sueños atrapados por mis besos. A punto de romperse, amarillenta, cadáver exquisito de tu boca, aguanta los envites de las horas, los vientos caprichosos de la pérdida, y así va convirtiéndose en petróleo, espesa ausencia entre los dedos, para el motor de mi nostalgia.
El pasado jueves día 24 se presentó en Arrecife Oposiciones a desencuentro, dentro de las actividades organizadas por el Ayuntamiento con motivo de la semana del libro. Pasamos un buen rato y, aunque nos autopresentamos otros jóvenes escritores y yo (ya se sabe que los políticos leen poco y mal), quedé satisfecho por la acogida que tuvieron mis palabras y por los amigos y amigas que estuvieron acompañándome. A todos ellos, gracias.
Se ha roto abril y el cuenco del deseo se derrama entre las sombras. Hay huellas de miedo en la cocina, y las novelas ya no cuentan ni los pálpitos ni otras formas de salvarnos. No te vuelvas y me digas que es la fuga de mis ojos la que envenena el aire. Ya no sé mirar sino la quieta tempestad del tiempo, esa hoja mecida infinitamente en la distancia.
Siempre supimos esperar la última canción de los veranos, aquellas en las que la madrugada paseaba con rebeca por el tiempo y el mar iba apagando sus fervores en la calma azul de los septiembres. La luz se tuesta y oscurece cualquier rincón de la mirada, y año tras año, frente a frente, las manos se entrelazan al otoño y las músicas se pierden en el vacío de los apartamentos, en las terrazas lloradas por la ausencia y el temporal de la felicidad herida.
Volverán, dices, los días sin horas a la orilla de la cama, pero las golondrinas serán otras, igual que agosto en tu semblante, cuando traiga tus besos y escape con tus besos para siempre, o las olas rotas de mis dedos en tu pecho ignoto y familiar, conocido y olvidado para siempre. Perderemos la inocencia, la edad recuperada, la tersa piel de la quietud y el viento de poniente.
Es la última canción, el último paseo, la última caricia del verano.
El viento esparce los cabellos de cada madrugada. Nadie espera a nadie en el puerto solitario de la pérdida. Unas pisadas se alejan por el mar como besos nunca dados por el tiempo.
Es la soledad. Un remolino de hojas y de sueños secos, una colilla muerta.
Quisiera ejercer también mi derecho a una vivienda digna, a un trabajo estable, a una educación fiable para el niño, a una sanidad sin colas, a una justicia justa. Quisiera llegar a fin de mes, cobrar algo más de mil eurillos, no trabajar más de diez horas y poder ser libre.
Vota qué. Ejerce qué. Derecho a qué.
sábado, marzo 08, 2008
SAN LORENZO
Todo el silencio de la noche recogido en un poema. El tic-tac de los pesares, el ruido de motores de otro tiempo y la lejana cisterna de la duda. No hay reproche posible en esta copa sin sueño. Tal vez una respuesta que quedó en el aire, quizás aquella sombra de la melancolía. Demasiados años y tantísimos kilómetros de pérdidas. La voz, apenas un atisbo de fuego en las cenizas de los charcos.
Tú, detrás de la conciencia de cada madrugada, eco herido en la negrura, vas y vienes sin permiso, sin pudor te posas en las ramas de balcones entornados a la vida, chirriantes como el beso en los cristales de un viejo apartamento en las afueras, y cantas la tristeza de los sauces, los versos olvidados en la orilla, la huida de la piel a otros parajes, la lengua seca de los bares cansados de perfumes y de sombras. Todo el silencio en el poema como el azul de aquel verano, el azul de una mañana en San Lorenzo, del mar y de tus huellas en el cielo.
Toda la noche en esta hoja, toda la ausencia, todo el recuerdo.
(foto:www.aache.com/viajes/Mel)
martes, febrero 19, 2008
PALABRAS
El mar es un diálogo perdido de orillas separadas por el viento. A veces traen las olas sus palabras casi ahogadas, hambrientas, silenciosas. Encallan en las rocas, partidas como restos de un naufragio. Palabras olvidadas. Lejanías.
La verja fronteriza es un espejo de viento cuarteado por aceros. En una esquina del cristal, trozos de lana, sangre y piel de Alicia, de hambre y sueños.
La tibia luz de la mañana. El mismo azul del cielo de mi infancia. Pasan los años y el cuerpo va escribiendo con la piel la edad de cada sueño, los miedos nocturnos del amor, las zarzas del deseo y del olvido.
Y al mirar al cielo ahora, el mismo azul, el mismo cielo. ¿A dónde va la nube diáfana, a dónde el viento si es todo un cielo abierto, si es todo un azul inacabable?
El cielo de mi padre, de mi abuelo, de mis hijos, de la historia.
El cielo del columpio, el de la playa, el cielo en la ventana de una clase. El mismo de las tardes por la Alhambra.
Mis manos arrugadas, mi pelo cano, consciencia de lo efímero de ser, finitud bajo la bóveda infinita.
Entonces miro el cielo antes de mí, dentro de mí, después de mí y es todo azul.
El hombre, yo, una chispa rota de lo eterno, lluvia que cae del paraíso y va perdiendo en los cristales al terso azul de la existencia.
Por las estepas nevadas de Siberia el silencio conserva un roce amargo. Un eco blanco de disparos, una queja ahogada y el brillo congelado de una lágrima de madre cuando deja de ser madre. Como la flor silvestre en primavera así resurgen cada año sus últimas palabras en el hijo, rompiendo el blanco helado del olvido: “vive, vive, vive siempre”.
La iglesia se echa a la calle para defender a la familia, y defender, para el católico
(no para el cristiano), siempre es un ataque al no-católico. Sorprende que la curia, que por un par de millones de las antiguas pesetas anula matrimonios de famosos y de gente adinerada, nos monte un espectáculo en Colón con la sanísima intención de proteger lo que ellos rompen. Tampoco los divorcios son cristianos y luego está don Rouco casando a una princesa divorciada con un infante de España y bautizándole a los hijos con agüita del Jordán. Ni gays ni lesbianas ni transexuales tienen sitio en este reino de aviones privados, oro, plata y pederastas. “La familia es una unión de un varón con una hembra con el fin de procrear y dominar la Tierra”
San José no fue su padre, de por medio hay un espíritu, la madre fue virgen antes y después (contra natura) y el padre verdadero lo dejó tirado como a un perro.
Los polos se derriten. Los ríos se secan. Las flores crecen en invierno. Las lluvias arrasan los poblados cuando llueve, y cuando no, los árboles se vuelven de cartón y el suelo se cuartea de polvo y de miseria. En pocos años los mares habrán devorado las orillas. ¿Y los niños? ¿Dónde crecerán nuestros hijos? ¿Cómo?
La chabola escribe poesías malditas con la sangre de las ratas del Parnaso. Grifos deshidratados, las literas de cartones viscoelásticos, la boca del gris de la basura cocinada, componen las estrofas bajo un cielo de mierda titilante y hojalata. El poeta, con un brazo y una aguja, le canta a la muerte y a la vida, y acude a esos congresos de olvidados en busca de dos gramos de metáforas. Sus ojos se convierten en espejos cruzados por discursos de gobiernos, de onegés a lo intervida, promesas de viviendas con sus tres habitaciones, trabajos para todos, para todas (que no discriminamos en España), colegios digitales, tan modernos, y un parque con columpios para peques.
El poeta de la peste y de la chapa falsifica la alegría de otras lenguas, adopta las palabras del silencio y toca el violín del desencanto en las inaccesibles cimas de deshechos. Sus versos fugitivos de la vida, del espacio, del tiempo, de la noche, chirrían en los techos de cartón, en las ventanas de un mañana inexistente y dejan su baba en el cristal de las vergüenzas ajenas, perfumadas, como marcas hiperbólicas del daño, del dolor espolvoreado de piojos…
Un niño sucio corre tras una rata negra, como Apolo tras su ninfa, pisando agujas y condones. Después de verlo, para qué seguir escribiendo este poema. Qué mal queda una metáfora cuando el hambre aprieta. Qué asco.
¿Para qué, señor, tanto aprender, si no va a haber nadie una noche a quien amar, amo o aimer?
Con estos tres versos finalizaba Fernando Fernán Gómez el poema “El recuerdo”, del poemario El canto es vuelo. Llegó la noche para un hombre que será insustituible en sus afectos, en su trabajo, en su palabra. Tal vez hoy no pueda amar a nadie en esa oscuridad eterna, pero son miles las personas que lo mantendrán vivo, querido, en el recuerdo como una manera de contrarrestar la soledad y el vacío que deja en un país falto de personalidades como la suya. En todos los diarios nacionales se recoge la filmografía, la bibliografía y la cantidad de premios que recibió este monstruo de la escena y la literatura. Su papel estelar en La venganza de don Mendo o en Belle Époque. El demoledor y a la vez entrañable protagonista de El Abuelo o su inolvidable trabajo en Para que no me olvides. Novelas como El viaje a ninguna parte o La cruz y el lirio dorado, obras teatrales como Las bicicletas son para el verano y su adaptación de El lazarillo de Tormes y tantos y tantos títulos que ya forman parte de la educación sentimental de varias generaciones. Pero Fernando Fernán Gómez es algo más para quienes hoy tenemos alrededor de treinta años y crecimos viendo en Televisión Española la serie de dibujos animados Don Quijote de la Mancha, caballero andante a quien el artista puso magistralmente la voz. Un Quijote alto, enjuto, narizón y pelirrojo, como el propio Fernán Gómez se ha definido alguna vez a sí mismo. He leído varias veces la novela de Cervantes. También la de Andrés Trapiello, Al morir don Quijote, que arrancaba justo después del fallecimiento de Alonso Quijano y, sin embargo, jamás he sentido la tristeza que me abruma hoy por la muerte de mi caballero don Quijote, de mi caballero don Fernando. Lo he visto caer y levantarse, luchar contra molinos, azuzar a Sancho, buscar desesperadamente a Dulcinea, pero nunca morir como se me ha muerto este gigante. Qué paradoja, Quijote y gigante. No ha habido, en este caso, bálsamo de Fierabrás posible para curar sus heridas. Tampoco lo habrá para sanar la que deja en nosotros. Con cariño y pesar, con añoranza, recuerdo ahora esas palabras que escribiera Cervantes, que pronunciara don Quijote y que diera vida televisiva Fernán Gómez, y que decían “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”. Qué sinrazón tan miserable la de la muerte.