domingo, octubre 16, 2005

Mitologías Melillenses

I

De un amor entre dos vientos nació Melilla. Humedades de levante. Empujes de poniente. Los genes de los cielos por sus venas. Del roce de los cuerpos, arena enamorada. Del beso y el sudor, el mar y su saliva de espuma.
Sólo fue un instante de unión. Cada uno prosiguió su camino con la promesa de una crianza compartida. Y así creció, vigilada por los vientos que a pesar de tantos años no pueden olvidar el uno la calidez del otro.
A veces se miran de reojo, con una mezcla de pudor y nostalgia. Pudor que produce el primer desnudo; nostalgia por la desnudez primera y única.
De un amor entre dos vientos nació Melilla, cuentan las viejas estrellas en las noches de abril. Como cualquier amor fue intenso. Como el verdadero amor, fue breve.
Allí quedó, custodiada por suspiros melancólicos y observada por los astros inmortales. Sólo ambos conocen sus orígenes y sólo ambos comprenden su presente y su futuro. La misma vida siglo a siglo; los mismos ojos cada tarde; la voz, casi inaudible, templada por el mar.
Paréntesis de tiempo, excepción de las horas. Olvido de los años.
La hija del amor imposible creció intuyendo desde siempre su destino. Amaría eternamente, le dijo un día la luna sentada sobre una roca en la playa.
La princesa de la brisa se atusaba sus cabellos de almendra con la puesta del sol, a la espera de que apareciese su amante. Una tarde llegó un rumor desde los mares y subió a la torre de su castillo. Miró al horizonte y lo vio. Los ojos del color de la aceituna, sus labios rojos como el vino. Él alargó su brazo pero no pudo tocarla. Ella acercó su boca pero sólo la llenó de vacío. Entonces supo que jamás podría alcanzarlo. Sintió frío, amor, deseo y ausencia. Mientras bajaba las escaleras, sus lágrimas se convirtieron en gaviotas que, todavía hoy, rasgan el cielo con un fado afónico.

II

Para hablar con el cielo, Melilla aprendió el abecedario de las palmeras. Sencillo diálogo, comunicación directa.
Sus ramas son una mezcla de aire y de tierra. Tierra agitada de alegría; aire tostado por la arena.
Sólo las aves son capaces de comprender sus conversaciones. También sus silencios.
Melilla alza sus manos de dátil para saludar al viento. Es el linaje de la infanta. Hija hecha mujer que a pesar del tiempo procura no olvidar de dónde vino. Entre sus dedos las leyendas que viajan de oriente hasta occidente, las canciones que quedaron como testimonios de civilizaciones perdidas, los besos que volaron como labios no correspondidos, los sueños que escaparon de la mediocridad de los hombres.
La palmera es la memoria, es bandera de raíces. Tesoro heredado, la fortuna de la estirpe. Riqueza del humilde, identidad del alma.
Para aliviar la soledad de la luna, tiene Melilla mil palmeras. Rozarle la mejilla, susurrar sus oídos de plata, decirle que no está sola, que vela desde esta tierra los temores y las ausencias. El temor de la ausencia. Juntas se sienten más fuertes y así creen, aunque sea durante cinco minutos, cinco lágrimas o cinco siglos, que podrán derrotar a sus destinos.
Para disfrutar del cortejo del mar frente a la orilla, Mellilla ve con ojos de palmera. Mira desde lejos, se distancia de las cosas para poder comprenderlas, aunque a veces esa misma distancia no sea más que una excusa para huir de la cercanía de su tristeza. Al menos desde las alturas puede observar completamente su fracaso. Y el saber, aunque no cura, tampoco engaña.

III

Cuando bebe demasiado mar, la luna de Melilla canta boleros. Los barcos se dejan llevar, pegaditos, en silencio, los ojos cerrados para que no se les escape tanto ahora.
Algunos traficantes de sueños cesan en sus quehaceres por respeto a la belleza. Escuchan las letras compuestas por los siglos y se sienten afortunados. También diminutos.
Son sólo momentos, como cualquier vida, en los que el tiempo se rebela contra sí mismo y toma aire. Entonces todos miran hacia la inexplicable excepción del cielo azabache.
Las estrellas tremulan de celos. Venus no será jamás tan sencilla como la luna. Venus siempre será complicada.
La melodía se pasea entre las calles, coquetea con el silencio.
El adicto a la tristeza se asoma a la ventana y solloza plenamente. Abre los brazos y respira la humedad de las canciones. También se deja llevar, como los barcos. Baila con la sombra sin pedir permiso. Le coge la cintura, la atrae, le cuenta que una vez fue muy feliz y que pudo superar esa desgracia...
Cuando bebe demasiado mar, la luna de Melilla canta boleros.

1 comentario:

Premio consuelo para Lucía Folino dijo...

qué parecidos son todos los españoles. No pueden negar su identidad.

Muy buen relato poético. Melilla es mujer, como Venus, pero no tan complicada.

Te sugiero leer el poema:
¿Qué culpa tiene mi madre? que publiqué en mi blog:

http://premioparalucia.blogspot.com


Vas a ver qué sencillas somos las mujeres.